
Sería a eso de las dos de la madrugada. Habíamos finalizado nuestro paseo nocturno y estábamos disfrutando de un delicioso vodka con limón (quizás no era el primero...)
María estaba casi desnuda: zapatos de charol rojo, picardías negro y su collar de sumisa. Enfrente de nosotros la noche y los rumores de Cap.
De vez en cuando, algunos transeúntes paseaban y nos miraban furtivamente: parejas, hombres solos, los más.
Uno se detuvo. Se ocultaba detrás de la pared que separa nuestra terraza de la de al lado; por alguna razón le habíamos interesado.
Quise jugar.
Comencé a acariciar los pechos de mi zorra. Ella, obediente, dejó su copa sobre la mesa y se apoyó en el respaldo para dejarme hacer. Nuestro invitado se sentó en el muro exterior del pasillo, mirando ocasionalmente hacia nosotros, pero siempre protegido por el muro divisorio. Me agradaba su timidez.
Abrí el picardías de maría, sin quitárselo del todo: la gasa negra enmarcaba impecablemente sus pechos. Quería excitarla, dominarla, y con ella a nuestro espontáneo espectador. Me parecía un juego divertido y, a la vez perverso.
María no era consciente más que de mis caricias y sólo a mí me prestaba atención.
Separé la mesa para que no impidiese la mirada del invitado. Él, cada vez se asomaba más, era consciente de lo que ocurría, le estaba ofreciendo lo que buscaba.
Saqué mi verga. No necesito decir nada. maría sabe que debe realizarme una felación. Nuestro invitado comenzó a masturbarse, pero no de forma obscena, sino conservando su privacidad, procurando que no le viésemos.
Abrí la puerta del apartamento, y ordené a maría que me cabalgase. Sabe que no debe follar como una mujer ardiente, como una esposa complaciente, sino como una puta sumisa. Cuando se desboca, recibe un contundente azote o incluso el castigo de salirme de ella.
-Folla como una perra -le dije -Muestra que estás penetrada, acaricia mi verga, juega. Hay un hombre ahí fuera que nos está mirando.
Estaba muy excitada -¡No puedo, no puedo controlarme! -gemía.
Comenzó a follarme descontroladamente, hasta que la muy zorra consiguió que me corriese.
Nuestro "amigo" había abandonado su discreción y nos contemplaba desde la portilla de la terraza.
María estaba agotada.
Levántate -le dije -Sal a la terraza.
Estaba húmeda, llena de mi semen, yo quería que se mostrase así delante de nuestro espectador.
Estoy agotada -repitió -Quiero dormir, por favor.
Mi juego no había acabado.
-Sal hasta el centro de la terraza, separa la piernas y espera.
Se levantó con dificultad. Aún conservaba el picardías abierto. Se calzó y salió a la terraza. Estaba hermosísima.
Separa las piernas -le dije. El semen comenzó a caer. Ella aparecía como una diosa, contemplada por dos hombres de los que apenas la separaban tres metros.
Estaba incómoda y yo lo sabía.
Nuestro amigo se había corrido.
Yo contemplaba la escena: la noche, el rumor del mar y el pequeño charco de flujo y semen que, lentamente, había caído del vientre de mi adorada puta.
Al cabo de dos o tres minutos, le ordené que volviese dentro.
La besé.
Bajamos la persiana, se acostó y la arropé con cuidado, con mucho amor.
A veces, las noches en Cap son algo frescas.